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Periodismo para la gente

¡Por fin llegaron!

¡Por fin llegaron!

La impaciencia de saber algo de nuestros seres queridos que a punto están de llegar de viaje, crece más cuando no sabemos a qué motivo se debe su tardanza. Peor todavía cuando ya deberían haber llegado hace dos horas. En efecto. La espera, entonces, quiere convertirse en una incontrolable pesadilla.

Eran más de las diez de la noche. Los guardias cerraron las puertas de la Terminal de buses, y no nos quedó otra que aguardar a los nuestros por los alrededores, justo donde las flotas se detienen y empiezan a salir los pasajeros.

Acudimos a esta Terminal con la plena confianza de que veremos a los nuestros cuando mucho con una hora de retraso. Pero cumplido este tiempo, la impaciencia se empieza a manifestar en las personas de distintas maneras.

Por ejemplo, una madre de familia, acompañada de su esposo, aguarda impaciente a su hijo, con el argumento simple pero aterrador de que no quiere que “unos desgraciados” le roben otra vez su dinero, su celular y lo golpeen dejándole la espalda como la hoja de un árbol, tal como sucedió hace un mes, cuando su hijo a punto estaba de llegar a casa.

Un joven, de profesión mesero, quien a lo máximo debe tener 30 años, aguarda a su esposa, mirando a cada instante el reloj de su celular. Y cura su impaciencia con los pocos cigarrillos que se ha comprado. Dice que son para combatir el frío; un frío que se escapa en bocanadas perfectas por sus labios, mezclada con el vapor que despide cada que nos habla.

Dice que ni bien llegue su esposa, juntos irán a la casa de su madre a despedirla. Se irá a España; sí, el paraíso europeo que seduce a nuestros compatriotas en busca de dinero; dinero para compartir con los familiares que aquí les queda.

“Por suerte, mi madre tiene todos sus papeles en regla”, nos dijo el joven. Y no es necesario que vaya antes al control migratorio del aeropuerto Charles De Gaulle, de Paris; puesto que lleva en manos un contrato de trabajo. O sea, es una boliviana con suerte.

El temor a ser expulsado de España sin otra explicación que la de ser latinoamericano y supuesto sospechoso de cualquier delito, como el terrorismo –por ejemplo– nos dio miedo en esa noche sin luna. Cuesta saberse solo, en otro continente, donde no conoces a nadie y encima de eso, con todas las ilusiones trizas en menos de un minuto. Ahí, en esa situación de desgracia, cuán incómoda nos cae la palabra “extranjero”.

Otra señora, marcaba un número desde su celular cada diez minutos. Su única hija bailó este sábado en la Diablada de la Fraternidad. Y su angustia parecía subir de temperatura cada que escuchaba que deje un mensaje después del tono. Llevaba un paraguas de color rojo. Y se la veía de rato en rato abrir y cerrarlo, cada que creía conveniente.

En cambio, este cuadro le era muy familiar al vendedor ambulante de cigarrillos, cuyo puesto se encontraba al frente de la puerta cerrada de la Terminal de buses.

Él también llevaba un celular en la mano, y por cada llamada que hacía para la gente cobraba un peso. “En esta época de carnaval, siempre es lo mismo”, dice. En medio del frío que le hacía mover los pies como si llevara el ritmo de una canción, nos contó una historia que hasta ahora le hace reír:

“Hola. ¿Dónde estás? Te estoy esperando en la Terminal. ¿A qué hora vas a llegar?”. “¿¡Qué!? ¿Ya estás en la casa? Ah, bueno, ya me voy, entonces”.

Claro, la anécdota nos sirvió como distensión, en medio de una incertidumbre oscura, casi eterna y con cinco grados Celsius de temperatura.

Y vimos llegar otra flota. Casi todos eran jóvenes. Es obvio que la mayoría participó en la Entrada del Carnaval de Oruro. Una joven llevaba en manos el bastón de bailarina Toba, con que se lució en la Entrada. Se la veía cansada. Me dio la impresión que suspendió el dulce sueño que llevaba en el viaje, el momento en que la flota hizo su última parada en esta ciudad. Ha debido maldecir ese instante, pues la noté más de mal humor que tan agotada que se diga. “Ya nos falta muy poco para llegar a casa”, la oímos decir.

Y hasta que salió la última persona del bus, el joven mesero, yo y nuestros eventuales compañeros, caímos en la cuenta de que la espera no había terminado.

¡Cuánto desengaño cayó sobre nosotros! Pero el vendedor de cigarrillos trató de consolarnos diciendo que en estas fechas los buses desde Oruro suelen llegar hasta las tres de la madrugada.

Pero la noticia a la señora del paraguas rojo no le dio ninguna tranquilidad. Vive en Ovejuyo. Y sabía que retornar a su casa, mientras más tarde se haga, le iba a costar tres veces más de los acostumbrados 10 bolivianos que el taxi suele cobrar, como mínimo, dentro de zonas centrales y en horarios “normales”, por así decirlo.

A Ovejuyo se llega desde esta Terminal en poco más de cuarenta y cinco minutos en auto. Preocupado por esa misma situación, marqué al número de papá para saber dónde estaba. Hace más de media hora que ya debían haber llegado. Y para no caer en la trampa de la espera inútil, le dije:

“No me digas que ya están en la casa, y yo aquí esperando a que lleguen”.

“No, estamos en El Alto. Se han pinchado dos ruedas de este bus. Creo que en media hora llegamos. Espéranos, por favor”.

Y colgó. Ni siquiera me dio tiempo para preguntarle en qué flota venía. Y cuando volví a marcar su número, la señorita que vive dentro de este aparato me pidió también que deje un mensaje después del tono.

Pasada la media hora, la lluvia menuda seguía con la misma intensidad que nuestra paciencia por nuestros seres queridos. Lo gracioso era que ninguno de nosotros, excepto el joven mesero, conocía el nombre de flota en que venían nuestros respectivos seres queridos. Lo que nos obligaba a todos a ir al encuentro de cada bus que se detenía para ver si de éste salían los nuestros. Pero no. Y la escena se repitió otros cuarenta minutos más. Hasta que me animé a comprar un cigarro y combatir yo también el frío que, poco a poco, se introducía hasta en mis pensamientos.

Y sin darnos cuenta se presentó ante nosotros una pareja de jóvenes con cara de yo no fui. Eran de Cochabamba. Querían ayuda. Les habían robado todo su equipaje, y dentro de éste, según nos cuentan, estaba todo su dinero. Yo no sabía qué hacer. Los demás desconfiaron de ellos. Pero me partía el alma verlos a merced del frío y la voluntad de la gente para “sobrevivir” y pasar la noche, Dios sabe dónde y cómo.

La joven ni siquiera tenía una chamarra con qué protegerse de las menudas gotas de agua que parecían perforar su piel hasta hacerle temblar de frío. Él, la abrazaba cada que también sentía que la temperatura mojada se apoderaba de su voz. Y ella correspondía a ese abrazo apoyando su cabeza en el pecho de su protector, buscando también un poco de calor.

Entre todos pudimos reunir apenas diez pesos. Pero eso no les alcanzaba ni siquiera para ir a descansar a cualquier alojamiento barato de aquí cerca. Lo mínimo que cobran, según el hombre de los cigarrillos, es 15.

Verlos tan solos y desamparados, me hizo recuerdo a mi pesadilla de la soledad que tuve despierto, mientras caminaba por Miraflores, en Lima, Perú. Allá no tenía a nadie, y, sin embargo, deposité mi confianza en la primera persona que encontré a mi paso. Tuve mucha suerte, ahora que lo pienso. Pero estos jóvenes, no. Y no sé qué será de ellos a estas horas.

Llegó la esposa del amigo mesero. Nos había estado viendo mientras aguardábamos sentados en la única banca con techo transparente que le da la espalada a la puerta de la Terminal de buses. La historia para este joven había terminado.

Mientras que para el resto, el cuento de aguardar a los parientes seguía. Y cuando me acerqué a la última flota que llegó (en un promedio de cuatro horas llegaron más de diez), vi salir de ella a mis padres con el equipaje liviano en la mano y buscándome con la mirada entre la gente. Fui a su encuentro y mi espera también había terminado.

“No sé si nos estuviste llamando, pero la batería del celular se agotó”, me dijo.Con razón no pude estar al tanto de todo lo que les ocurrió.“Son las dos y media de la mañana”, le dije. “Tardaron seis horas. Y hace tres que debían haber llegado”.Por lo regular un viaje desde Oruro a La Paz, en flota, se lo hace en tres horas.

Luego mi padre me explicó que el retraso no sólo era por las dos llantas pinchadas en mitad del camino, sino que el chofer del bus no había tenido llantas de repuesto. Se tuvo que prestar de otra flota amiga para salvar este problema.

Supe, entonces, que el hombre de los cigarrillos tenía razón. “Ahora se les ha dado por controlar todo: si el chofer está borracho; si el precio del pasaje no es más que 23 bolivianos; si te dan factura; si no están revendiendo boletos por cualquier demanda como el carnaval; que la gente no viaje en los pasillos de los buses como antes… En fin, todo. Pero lo que se les escapó ahora es saber si estas flotas tienen o no llantas de repuesto”.

Y al unísono dijimos: “¡Hasta cuándo será esto!”.

(Crónica de Carnaval)

Fuente de la foto: www.viajeros.com

OSPINA: «Que nuestra lengua sea expresiva y vigorosa»

OSPINA: «Que nuestra lengua sea expresiva y vigorosa»

Que el español permanezca cinco siglos en América Latina no significa que haya colmado las expectativas de convertirse en un idioma pleno. Aún tiene abismos, tiene algunos vacíos y silencios. Sólo un diálogo con las lenguas nativas le puede ayudar mucho a encontrar sus raíces y a definir qué pasos habrá de seguir para consolidarse en el futuro. 

Así, con esa reflexión sobre la mesa, el escritor y periodista colombiano William Ospina, quien acaba de participar en el IV Congreso internacional de la lengua española, comparte con los lectores de La Época sus reflexiones sobre los peligros que afronta el español y cuál la responsabilidad del periodismo frente al idioma.

Pero antes que nada, considera oportuno aclarar que el idioma español, como cualquier otro, está amenazado por dos grandes peligros: el orden y el desorden. En el primer caso, un exceso de rigidez normativa podría matar a nuestro idioma, lo convertiría en algo repetitivo, sin vida y no podría relacionarse con el mundo que lo rodea.

Pero también se corre el peligro de que el español viva un exceso de desorden. De ocurrir eso, no tendría pautas, criterios y normas con qué guiarse en el mundo de los idiomas. La demasiada flexibilidad de lo moderno podría provocar un desorden incalculable. Pero por suerte, dice el experto, el castellano o español siempre ha sabido sortear peligros y milagros a lo largo de la historia.

Periodismo cultural

¿Existe periodismo cultural en América Latina? William Ospina considera que esa frase es un juego de palabras, porque el periodismo forma parte de la cultura. Se suele llamar periodismo cultural aquel que escribe sobre acontecimientos artísticos. Pero se podría ir más lejos, se podría discutir, por ejemplo, cómo hacer más cultural al periodismo o cómo hacer más culto al periodismo. Es decir, cómo hacer que todo el periodismo incorpore más la reflexión, promueva el debate, la polémica, y consolide el conocimiento a la información cotidiana y a su labor corriente.

Amparados bajo esa idea, no hablaríamos de un periodismo cultural, sino de una relación más viva entre la cultura estética, la cultura literaria y el periodismo. Esto, a juicio de Ospina, fortalecería la calidad de periodismo en América Latina.

Pecado mortal de la anécdota

Se podría correr el riesgo de caer en el vacío de la anécdota, que no aporta información a la noticia. Pero Ospina nos explica que las anécdotas, tanto en la literatura como en el periodismo, no son necesariamente un lastre. Pueden serlo, pero por torpeza, no por definición ni por principio. Casi todo recuento de un hecho puede ser anecdótico. 

En esa medida, el escritor considera que la literatura puede ayudar a que el periodismo sea más ágil, más expresivo, más rico y que el periodismo no se regodee demasiado en ejercicios de estilo que malogren su labor inmediata de informar con claridad, con sencillez, con similitud lo que ocurre.

Sería un error, dice Ospina, que un periodista juegue a ser James Joyce, cuando está escribiendo una nota, haciendo juegos de palabras y malabares sintácticos, pero no cree que un periodista se equivoque cuando trate de ser Dickens o García Márquez a la hora de hacer periodismo.

¿Invasión de anglicismos?

La evidente invasión innecesaria de algunas palabras del idioma inglés copiadas al pie de la letra por cierto periodismo de América Latina creó el riesgo de perder poco a poco palabras españolas con qué designar a los hechos que ocurren ante nosotros. Por ejemplo, calificamos a los accidentes de "serios" pero ya no de "graves" o "leves". ¿Qué hacer frente a ese problema?, le preguntamos al experto.

Es bueno estar alerta con los riesgos del manejo negligente que el idioma pueda tener, nos dice. Pero es imposible impedir que grandes fenómenos históricos se cumplan. El latín fue una gran lengua de civilización y de cultura, pero le llegó el día en que tuvo que desintegrarse en varias lenguas distintas (eso podría parecer en ese momento un retroceso, una agonía). Pero no, era el surgimiento de lenguas nuevas, y eso obedecía a un montón de fenómenos históricos muy complejos.

Nosotros no podemos legislar para el futuro, ¡quién sabe si en un siglo o dos, el español y el inglés se vayan a convertir en una sola lengua! Ya sea por el auge o por el impulso de la integración, de las migraciones, en fin…

Nuestro deber como periodistas, dice Ospina, es tratar que la lengua sea expresiva, vigorosa, en la época en que nos tocó vivir, y –en la medida que sea posible– conservar su pureza, pero toda pureza termina transformándose, y así como el mundo no se detiene, la realidad y la lengua no se detienen.

Las modas del lenguaje

Por otra parte, añade nuestro entrevistado, las modas no siempre llegan a configurar fenómenos profundos de la lengua. No basta que yo diga TQM para reemplazar "te quiero mucho". Eso no llegará a ser un hábito de la lengua. Los pueblos en eso son muy sabios y aceptan nuevas palabras, cuando sienten que son necesarias para expresarse.

Permítame contarle algo curioso: Hoy "TQM" nos parece una sigla, y como tal la vemos con cierta dignidad. Sin embargo, hace siglos, la palabra cadáver, que hoy es una palabra muy inquietante, era originalmente una sigla que significaba "carne dada a los gusanos". Y de esa sigla, alguien empezó, por razones médicas, a no decir "carne entregada a los gusanos" sino cadáver. El genio popular la aceptó. O tal vez, había una ausencia de cómo nombrar al cuerpo de un muerto. Toda innovación en el idioma triunfa cuando verdaderamente el genio de la lengua, que es la comunidad, la acepta.

Por último, Ospina dice que no basta que alguien se invente un modismo para que éste se imponga. Las modas en las que habla la juventud, y que tanto alarma a sus padres, no pasan de una generación. Esas modas no se integran de una manera definitiva a la lengua, salvo si el genio del idioma lo entiende así y lo acepta. Tal vez por eso, Nietzsche tenía razón cuando dijo que es más fácil romper una piedra que una palabra.

Publicado en: Semanario La Época-Bolivia /Abril de 2007.

Foto (fuente): http://irethblue.blogspot.com/2007/04/apadrina-tu-palabra.html

Periodismo de investigación, el pan nuestro de cada día

Periodismo de investigación, el pan nuestro de cada día

Dicen que cuando decimos periodismo de investigación incurrimos en un pleonasmo, porque en la palabra periodismo ya vive implícito el hecho de investigar.

Sometamos a la palabra  periodismo a un examen de ADN. Y busquemos si en ella viven los genes de buscar o de investigar.

Los padres de periodismo son período y periodo. Estas palabras nos remiten la idea de un suceso ocurrido cada cierto tiempo. Y el concepto se lo aplica en ciencias como la física, la geología, la biología, la astronomía, la matemática y la medicina. Sigamos buscando: las hermanas y hermanos de periodismo son:

  • Periódicamente
  • Perioducho
  • Periodístico 
  • Periodicidad
  • Periodista
  • Periodización
  • Periódico, ca
  • Periodísticamente
  • Periodizar

Ninguna de ellas habla, alude o significa investigar o buscar. Sin embargo, no olvidemos la idea inicial: en la palabra periodismo ya habita la investigación.Otra pista: el último diccionario de la Real Academia Española define a periodismo como “Captación y tratamiento escrito, oral, visual o gráfico de la información en cualquiera de sus formas y variedades”.

La definición, sin embargo, es insuficiente. Pero vamos paso a paso: Captar, de cuya rama nació captación, significa percibir, recoger, recibir y atraer. Ninguna de éstas habla de buscar o investigar.

Percibimos, a través del oído, la voz de violín del o la cantante equis y sentimos de inmediato cómo se opera un cambio de ánimo en nuestro ser. Lo mismo ocurre con cualquier hecho: nos conmueve, nos alegra o nos disgusta.

Las veinticuatro acepciones de la palabra recoger que encontramos en el diccionario no aluden a la investigación en concreto. Con recibir ocurre lo propio: ninguna de sus doce acepciones puede dar cuenta de investigación como gran pariente suya.

Y cada que pensamos en la palabra atraer, nos imaginamos cómo los imanes acuden al hierro. El mismo efecto ocurre con la miel. Pero quienes caen en las redes de semejante seducción son las abejas, las moscas y los osos, entre otros.

Atraer nos hace imaginar, también, cómo el Presidente del país equis reúne a sus masas populares gracias al poder de su verbo (y ojalá que también a que supo cumplir lo que prometió). Al hombre le atrae la belleza de una mujer y viceversa. Y átomos y moléculas se atraen más por razones físicas que por otra cosa.

Hacia una definición concreta

Buscar, palabra de origen celta o indoeuropeo, significa conquistar, ganar. La conquista, a su vez, se refiere a “hacer algo para hallar a alguien o algo”. En cambio, investigar, significa descubrir. Es, entonces, ir tras los pasos de algo que no se encuentra ante nuestra simple vista. Y la ciencia forense corrobora lo dicho arriba. No se investigan las evidencias de un delito, sino sus pruebas para demostrar la culpa o inocencia de los supuestos involucrados.

“Cuando en el siglo XVII surgieron en los cafés de Inglaterra los primeros periódicos impresos, éstos consideraron que su deber principal era la investigación”1 El periodismo de investigación, como especialidad, es una búsqueda permanente de pistas que nos ayuden a contestar dudas; nos hace comprender el mundo en el que vivimos y nos permite conocer  la sociedad de la que somos parte.

Con el tiempo, el periodismo comprendió que su razón de ser la hacen la actualidad y el acontecimiento. Éste hecho, léase noticia, –“sorprendente, estremecedor, paradójico o trascendental y sobre todo reciente”2–, provoca narrar una historia. La actualidad hace que quienes cuenten estas noticias (los periodistas) organicen la secuencia de éstas con cierta regularidad “horas, días, semanas o meses”3.

Un último examen: convirtamos a la palabra investigación en un instrumento de trabajo. Con ella, cada ciencia o disciplina dará mejor cuenta de sí ante la sociedad. El detective privado, por ejemplo, tendrá en ella a la mejor lupa para seguir su instinto; el estudiante la convertirá en una biblioteca; el forense, en un bisturí; el biólogo, en microscopios; el policía, en interrogatorios; el astrónomo, en telescopios; el arqueólogo, en cepillos finos para descubrir restos de civilizaciones perdidas entre los escombros de la tierra. Todos con el único fin de encontrar un nuevo conocimiento.

Y ¿cuál será el nuevo conocimiento que aporta el periodismo de investigación a la sociedad? Que se sepa la verdad; ésa su máxima y feliz aspiración. Y para cumplir esa tarea, el camino que le espera es largo y sinuoso. Será como descubrir la luz entre las enmarañadas ramas de un bosque viejo, profundo y verde, muy verde...

Es correcto decir, pues, periodismo de investigación. Investigación se convierte en el adjetivo que califica al sustantivo periodismo. La palabra periodismo, por sí sola, puede abarcar otros conceptos que se suponen implícitos; siempre y cuando el método aplicado respete las estrictas instrucciones éticas y honestas para descubrir la verdad.

Pero hay otra clase de periodismo: el de acontecimiento, como lo llamaba el Maestro Ryszard Kapuściński. Ése periodismo diario que lo vemos por la televisión, lo escuchamos por la radio o lo leemos en los periódicos, obedece a la agenda sin sombra del poder político de cada país. Y, por su método de buscar información, se encuentra lejos de proveernos un reportaje diario: apenas se circunscribe a interesantes declaraciones de políticos o dirigentes sociales; las cuales podrían convertirse en nuevas pistas para investigar hechos más profundos.La idea de que la investigación periodística debería ser el pan nuestro de cada día, se la debemos a excelentes periodistas, convencidos, pues, de que “La investigación no es una especialidad del oficio, sino que todo periodismo debe ser investigativo por definición”.4  Extrañan, desde luego, la calidad del oficio; aquella con que se hizo conocer hace mucho tiempo. Y hoy la ven lejana. Pero ése es otro tema.

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Publicado en el Semanario Pulso, La Paz, Bolivia, 31 de diciembre 2007.
Fuente de la foto: periodismomundial.grilk.com/

Citas: 
1.- Kovach, Bill Rosenstiel, Tom: Los elementos del periodismo. España, 2003. El País Santillana. Página 155.
2.- Grijellmo, Álex: El estilo del periodista. España, 2003.  Taurus. Página 31.
3.- Fontcuberta Balaguer, Mar de. La noticia. Pistas para percibir el mundo. España, 1993. Paidós. Página 13.
4.- Palabras de Gabriel García Márquez. Citadas en: Sartoro, Daniel: Técnicas de investigación. Métodos desarrollados en diarios y revistas de América Latina. México, 2004. Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano/ Fondo de Cultura Económica. Página 26.

Tras un mito llamado Che Guevara

Tras un mito llamado Che Guevara

Desde el pasado viernes 5 de octubre y por el lapso de los cinco siguientes días, los doce hoteles del pequeño municipio boliviano de Vallegrande quedaron repletos de turistas.

No era para poco. Varias personas de distintos lugares del planeta acudieron a Vallegrande con una puntualidad pocas veces antes vista. No querían perderse para nada el cuadragésimo aniversario del asesinato de Ernesto “Che” Guevara, el guerrillero argentino-cubano más recordado de todos los tiempos.Muchos de quienes llegaron a Vallegrande no sabían con exactitud por qué Che Guevara había muerto en Bolivia. Y las distintas respuestas que motivan esta pregunta han encendido, con el paso de los años, encontrados debates sobre su figura y sus objetivos.Vino a matar gente”, dicen sus detractores. “Quiso hacer de Bolivia otra Cuba, pero no se lo permitieron”, añaden.En cambio, aquellos que comulgan con sus ideales –con el mismo tono– dicen que “el Che quiso que en Bolivia comience la resistencia latinoamericana ante el imperialismo” de Estados Unidos de Norteamérica. 

Cara a cara con los ideales

El día en que el médico argentino Ernesto Guevara de la Serna se encontró de frente con los ideales comunistas que se habían germinado en su espíritu estalló en Guatemala un golpe de Estado. Era junio de 1954. Había llegado al país como parte de su aventura juvenil de recorrer América Latina “a dedo”. Y desde hace seis meses había estado buscando trabajo sin ningún éxito. Se inscribió entonces en las brigadas de sanidad y se había unido a los grupos juveniles comunistas que patrullaban la ciudad.En Guatemala conoció a un grupo de exiliados cubanos que habían participado, el 26 de julio de 1953, en la toma del Cuartel Moncada, bajo las instrucciones del joven Fidel Castro, en franca resistencia al régimen dictador de Fulgencio Batista, presidente de Cuba.Entre estos exiliados se encontraba Antonio “Ñico” López, quien tiempo después habría de bautizar y para siempre a Ernesto Guevara con el mote de Che; palabra que la utilizan los argentinos para convocar al interlocutor. 

Médico y comandante de la Revolución

La experiencia guatemalteca le había permitido comprender a Che Guevara “que era indispensable depurar del ejército de potenciales golpistas”. Éstos, en los momentos decisivos, eran capaces de desconocer a quien le deben obediencia y, por consiguiente, caían rendidos ante el poder.Luego se trasladó a México, donde un año más tarde conoció a Raúl Castro, actual presidente en funciones de Cuba en reemplazo de su hermano Fidel. Poco después, Che Guevara y Fidel Castro estrecharían sus manos en alianza: Guevara sería el médico del Movimiento guerrillero 26 de Julio cuyo fin no era otro que derrocar a Batista. Desde aquella vez se había convertido en otro cubano más.La participación de Che Guevara durante la revolución cubana lo convirtió en “jefe militar y político al grado de comandante guerrillero”: experto para sobrevivir bajo condiciones de alto riesgo; hábil para ocultar su asma; preparado para enfrentarse con la naturaleza; instruido para pensar que la lectura es casi como el pan; y disciplinado para infundir el buen ejemplo en los demás. Era un líder auténtico. Impartía órdenes sin ningún problema.Esa fuerza interior, que según él fluía por su sangre, le concedía la inequívoca ventaja de influirla en los demás. Para decirlo en una sola palabra: compromiso con el ideal hasta la muerte si es preciso. Derrotar al enemigo común que no deja que los pueblos caminen hacia delante; ese enemigo que impide reformas sociales que proponían los gobiernos de tendencia izquierdista, puesto que afectaría sus intereses.He ahí, para ellos, el argumento irrebatible de encender en toda América Latina una revolución con qué hacer frente a ese poder. 

A Bolivia

Con ese compromiso a cuestas, y con la venia de Fidel Castro, Che Guevara –que renunció a todos sus cargos públicos en Cuba– llegó a Bolivia el 3 de noviembre de 1966 como el economista uruguayo Adolfo Mena Gonzáles. La estrategia consistía en propagar focos guerrilleros en el corazón de Sudamérica. Después el efecto podría multiplicarse en Chile, Perú, Brasil, Argentina y Paraguay.Para que este objetivo se cumpla a cabalidad, Che Guevara se instaló en una región montañosa colindante con la selva, justo a orillas del río Ñancahuazú, al sudeste del país. Se habían preparado para esta contienda 53 personas, pero Che combatió sólo con 44 guerrilleros; entre ellos, Tania, una argentino-alemana, encargada de establecer contactos entre las ciudades, pero que terminaría muriendo en combate.El 7 de noviembre de ese mismo año comenzó a escribir su célebre diario en el que registra paso a paso todas las victorias y derrotas del Ejército de Liberación Nacional (ELN), nombre con que bautizaron a este foco guerrillero.La campaña guerrillera fracasó –entre otras cosas– porque no contó con el apoyo del Partido Comunista de Bolivia. Además, los diarios de Bolivia dicen estos días que tampoco hubo un análisis estratégico del lugar donde la guerrilla comenzó: sudeste del país, justo donde terminan las últimas montañas de la Cordillera de los Andes en la región del Gran Chaco, “en un área indígena correspondiente a la cultura guaraní”.Para desgracia del ELN, dos desertores cayeron detenidos el 11 de marzo de 1967 y pusieron en alerta al gobierno del entonces general René Barrientos Ortuño, presidente de Bolivia.Barrientos ordenó a las Fuerzas Armadas capturar a Che Guevara. Doce días más tarde, el Ejército boliviano tuvo su primer enfrentamiento con el ELN. Había comenzado del fin de la guerrilla.

No disparen, soy el Che

Durante los siguientes once meses, los enfrentamientos se dieron en la región sudeste del país, ubicada en el departamento boliviano de Santa Cruz, hasta que el 8 de octubre de 1967, Che Guevara cayó herido de una pierna en un lugar del monte llamado “La Quebrada del Churo”.¡No disparen! Soy el Che Guevara —les dijo a los soldados del ejército que lo habían acorralado.Con las manos atadas, lo llevaron en calidad de detenido a la única escuelita de La Higuera, un pueblo cercano, de casas de barro, donde todavía no hay luz eléctrica.Al mediodía del 9 de octubre, el suboficial Mario Terán, bajo órdenes superiores, entró a la escuelita. Encontró al guerrillero sentado en el suelo de tierra y apoyado sobre una de las paredes de barro.Terán invadido por la incertidumbre, dudó en disparar.¡Póngase sereno, soldado! —le gritó Che a Terán—. Y apunte bien. ¡Va a matar a un hombre!El suboficial se encontró de frente con el guerrillero. Lo vio “grande, muy grande”, según recordaría años después. Contó que los ojos de Ernesto Guevara “brillaban intensamente”. Sintió un mareo y, entonces retrocedió un paso hasta el umbral de la puerta de la escuelita. Cerró los ojos y disparó la primera ráfaga.El guerrillero cayó al suelo. Las balas impactaron sus piernas. Empezó a perder sangre, mientras se contorsionaba de dolor. Terán recobró el ánimo y disparó la segunda ráfaga “que lo alcanzó en un brazo, en el hombro y en el corazón”. Tenía prohibido dispararle en el rostro. Había terminado así la vida del guerrillero. Tenía 39 años.Una vez muerto, el cuerpo de Che Guevara fue puesto en una camilla, atado a la patilla de un helicóptero militar y trasladado hasta la lavandería del hospital Señor de Malta, de Vallegrande, un municipio pintoresco y caluroso, situado a 62 kilómetros de La Higuera.Mientras los periodistas tomaban fotos al cadáver del guerrillero en el hospital de Vallegrande, los militares dijeron que Che Guevara había muerto en combate. Pero veinte años más tarde, y luego de varias contradicciones militares, el general Arnaldo Saucedo Parada en su libro “No disparen soy el Che”, demostró que el guerrillero fue capturado y asesinado después a sangre fría. Saucedo publicó fotos de Ernesto Guevara preso, vivo y cuyo aspecto, según contó el general Gary Prado (ex embajador de México), inspiran lástima, pena.Prado, con el grado de capitán, comandó en 1967 el batallón Ranger que capturó a Che Guevara en la quebrada del Churo.

Homenajes

Desde aquel 9 de octubre de 1967, la prensa internacional –colaborada por las Fuerzas Armadas de Bolivia– convirtió a la figura legendaria del guerrillero en el mito que es ahora. Un mito que ha sembrado (a lo largo de 40 años) pasiones, rencores y encendidos debates en torno a él y a su ideología.Así, tras las huellas de ese mito, muchas personas se congregaron en Vallegrande desde este 5 de octubre para recordar el asesinato de Ernesto “Che” Guevara con música, teatro, mesas de reflexión, ferias artesanales, muestras fotográficas, presentaciones de libros, campeonatos de fútbol y homenajes religiosos.Muchos turistas lograron conocer la Ruta del Che, un proyecto boliviano a punto de convertirse en un atractivo turístico para quienes se interesen no sólo por el hombre y su pensamiento, sino también aquellos lugares donde alguna vez Che Guevara caminó en pos de un objetivo que, como se dijo antes, motiva encendidos debates.En la plaza de armas de Vallegrande, llamada “26 de Enero”, se encuentra el Museo Municipal Ruta del Che Guevara, donde se puede contemplar “de cerca” pedazos de la historia de este foco guerrillero. También se puede visitar dos fosas comunes donde los militares habían enterrado a 20 guerrilleros que se enfrentaron con el ejército boliviano en 1967, incluido Che Guevara.Ambas fosas se encuentran a diez calles de distancia de la plaza de Armas de Vallegrande. En la primera, cerca del Rotary Club, se pueden observar la lápida de Haydeé Tamara Bunke, la guerrillera conocida como “Tania” y las de doce guerrilleros. En la otra fosa, que se encuentra entre el cementerio y el aeropuerto, se encuentra un mausoleo donde yace la memoria de siete combatientes; entre ellos, Che Guevara.

Un artículo de venta

Atrás parecen haber quedado las ideas rojas que forjaron al guerrillero argentino-cubano cuando, junto a su amigo Alberto Granado, había concebido en el alma la peregrina idea de viajar en motocicleta desde Argentina hasta Venezuela.Dos años más tarde, en 1952, y bajo las mismas condiciones, el joven Ernesto Guevara de la Serna, a punto de cumplir 24 años, emprendió un segundo viaje por América Latina.Esta experiencia le permitió comprender para siempre “que la división de América en nacionalidades inciertas e ilusorias es completamente ficticia. Constituimos una sola raza mestiza, que desde México hasta el estrecho de Magallanes presenta notables similitudes etnográficas”.Hoy, con excepción de Cuba, todo parece indicar que la imagen de Che Guevara es más asociada con artículos de venta que con ideas revolucionarias. Más es presa inevitable del comercio que convirtió su rostro en un artículo de venta.